Pregón Semana Santa 2025
Por Carlos Herráiz Ayllón
Por Carlos Herráiz Ayllón

¡Qué encomiable misión la de anunciar la BUENA NOTICIA para tan indigno servidor! Qué locura las cabezas de quienes susurraron mi nombre para este pregón. Agradezco de corazón a quienes me propusieron y a los que hoy, haciéndoos presentes, queréis acoger de nuevo la Buena Noticia que da sentido a lo más profundo de nuestra existencia. Decía José María Rodríguez Olaizola, Jesuita:
Hace muchos siglos, Dios miró al mundo,
y sus entrañas se conmovieron,
al ver al hermano enfrentado con el hermano,
al ver el dolor del inocente injustamente golpeado,
al ver los muros que se levantaban entre personas…
al escuchar los lamentos, las plegarias, las llamadas
de quienes se preguntaban: “¿Por qué?”,
y le preguntaban: “¿Dónde estás?”
Y Dios quiso dar respuesta a las preguntas,
y Dios quiso dar alivio a las heridas
y quiso dar horizonte a las historias
derribar los muros
y devolver a las gentes una humanidad perdida.
y quiso acariciarnos con sus manos,
y hablarnos con su misma Palabra,
amarnos con un corazón de carne,
hacerse uno de nosotros, para abrazarnos en El.
La Pasión es la historia en la que nos encontramos todos, y la que Tarancón revelará de un modo extraordinario durante esta semana, lo que en el fondo, es la Pasión discreta y silenciosa del «cada día», de todo el año. Por eso nos vemos reflejados en tantos personajes, en sus tensiones, miedos, esperanzas y sus dosis de fracaso. A veces somos Pedro, María, Magdalena, Pilatos o Caifás. Y Jesús, siempre en el centro, haciéndonos repensarlo todo.
Vamos a echarle un poco de imaginación al asunto. Descubramos la intrahistoria que esconde cada uno de los pasos que portaréis y contemplaremos estos días: las conversaciones, que pudieron ser, pero no nos narran los evangelios. Las miradas que se cruzaron, los distintos ritmos del corazón que tuvieron que acompasar tantos momentos al acompañar al amado…
Situémonos. Hagamos de Tarancón una Jerusalén. Y de Jerusalén, tu propia vida. Ubiquémonos a una semana de entrar a la gran Ciudad de David.
Cuando faltan unos días para llegar, quizás nadie intuya cómo se van a precipitar los acontecimientos. Porque así es la vida, lo ordinario es antesala de lo extraordinario. En lo cotidiano se van entretejiendo las grandes decisiones.
En esos días últimos a Jesús ya no le siguen las muchedumbres. Anunciar al Dios que elige mostrar el poder en la debilidad no es popular (tampoco hoy).
Los más cercanos a Jesús viven con desasosiego la constante alusión del Maestro al conflicto y el fracaso. Cada uno reacciona de un modo. Desde la negación tajante a las declaraciones heroicas.
Sí, Jesús,
también hoy.
También aquí.
También yo.
Cada uno de nosotros, tenemos que decidir si te seguimos hasta Jerusalén o elegimos quedarnos a las puertas.
Cada día que pasa más pequeño es el grupo de los que le acompañan…
A Betania van llegando esos días algunos amigos de Jesús. De Nazaret ha llegado María, su madre. Hay en el ambiente, en las conversaciones y miradas, un aire de urgencia. «Esta Pascua tiene que ser especial» dice Marta, la hermana de Lázaro, a la madre del amigo.
María, Nuestra Madre de la Salud, se asoma a menudo a la ventana de esa casa de Betania, y mira al horizonte, siguiendo el camino por el que cualquier día aparecerá su hijo, a quien tantas veces habría curado las heridas. Ahora seguía sanando otras heridas, mucho más profundas, la de los discípulos de su hijo a lo largo del camino de sus vidas. Como todas las madres, antes y después, siempre anticipando el encuentro… amando sin reservas.
En el camino, otra noche de dormir al raso. Jesús reza un poco apartado. Judas no concilia el sueño. Lleva días dando vueltas a una decisión que no termina de tomar. Pedro está molesto por las palabras del maestro sobre el fracaso. Santiago y Juan hacen planes de futuro.
En su oración, Jesús pide claridad. Todo apunta al fiasco, aunque parece que solo él lo ve venir.
En Jerusalén. En las casas de Caifás y Anás. A puerta cerrada. Lejos de miradas curiosas y oídos indiscretos, se va tendiendo una red de maledicencias, acusaciones y falsas verdades para acabar con Jesús.
Esa es la dinámica del mal: Calumniar. Desacreditar a quien incomoda. Amenazar desde lo oculto. Preparar, en lo secreto, el golpe.
En Jerusalén aún no han empezado a llegar los viajeros que, sin duda, abarrotarán las casas y las calles en la próxima Pascua, como en nuestra Noble ciudad.
En el templo todo es normal. Se reza. Se celebra. Se habla. Se critica. Hay quien se pavonea, y alguna viuda pobre que echa sus monedas sin que nadie le preste atención. La vida misma.
Lejos, un joven rico suspira, mirando al camino por el que un día regresó de sus búsquedas. Se le ha instalado dentro una tristeza indefinida. A menudo se pregunta qué hubiera pasado si hubiera hecho caso al fuego que le ardió dentro al encontrar al Galileo.
Jesús se despierta un día más, tras otra noche al raso. Extraño sino del Hijo de Dios, que llegó al mundo en la intemperie y ha elegido vivir en los caminos. Esta noche llegarán a Betania, y agradece la perspectiva de pasar unos días en casa de la gente que quiere y que le quiere.
Los discípulos de Jesús están animados. Tienen ganas de pasar estos próximos días con el maestro y la familia de Lázaro antes de la Pascua. En medio de la hostilidad que ahora perciben más a menudo, el refugio de una casa amiga se aprecia más ¿Quién no necesita espacios así, donde sentir seguridad y calma?
Cuando los ve a lo lejos, María, la madre de Jesús, sale al camino para esperarle. Al encontrarse, Jesús y ella se funden en un abrazo. El gesto de María incluye al tiempo la desmesura del cariño y el derroche de afecto, pero también la delicadeza al saber qué es lo que puede necesitar este Jesús, agobiado por un futuro que parece ser cada vez más sombrío.
Esa noche, en Betania, la noche se tiñe de nostalgias. Jesús piensa en lo mucho compartido a lo largo de los años ¡Que no nos falte la memoria, que sea al tiempo equipaje y escuela!
Hoy, en Betania, el día es extraño. La calma presagia tormenta. Los discípulos andan nerviosos. Evitan a Judas, que también les evita a ellos.
Anochece. Mañana descansarán, y pasado mañana irán a Jerusalén. Hay días libres que son una bendición. El ruido de risas, conversaciones, bromas y anécdotas llena hoy cada rincón. Jesús está en casa.
En la casa de Betania hay, en estas primeras horas del Shabbat, una calma poco habitual. Jesús se ha levantado pronto y lleva horas rezando, en una esquina del patio. Todos parecen haberse puesto de acuerdo, sin hablarle, para regalarle silencio.
Hay silencios no queridos, hirientes, solitarios. Pero hay, también, silencios habitados.
En el templo, hoy los fariseos están satisfechos. Según sus espías ese Jesús parece que no va a curar a nadie este Sabbath. Su estrechez no les da para más que para esa vivencia raquítica e inhumana de la ley.
Con todo, piensa Caifás, su suerte está echada. «Conviene que muera un justo por el bien del pueblo». Últimamente se repite mucho esa afirmación. (Aunque no termina de quedarse tranquilo, como si no lo creyese del todo).
«Mañana iremos a Jerusalén» – Dice Jesús a sus discípulos. Y voy a entrar a lo grande. Guiña el ojo y muestra una amplia sonrisa al decirlo. Ellos no entienden qué quiere decir.
Todo empieza como empiezan las cosas más inesperadas. Entran en Jerusalén. Pero este domingo es distinto. La gente le aclama. Hay gritos de «Hossannah». Quieren hacerlo rey. Vanos vientos de una opinión pública que hoy sopla a favor y mañana se pondrá en contra.
Los suyos se sienten, por un rato, esperanzados. Tras días hablando de conflicto y escuchando amenazas, este instante de júbilo parece abrir un nuevo camino. ¡Qué rápidos somos para aferrarnos a nuestros anhelos y confundir deseos y realidad!
Siempre hay quienes miran a distancia, con el ceño fruncido, molestos por lo que no controlan. «Es un buenista, un demagogo, un populista» -dicen de Él-.
Pero también hay que ver la verdad de la escena. La alegría de quienes le aclaman porque les ha traído la Buena Noticia. La música interior de quienes, gracias a él, han recobrado la esperanza. La luz que ha disipado tinieblas: «¡Hossannah!»
Luego, ese mismo día, en el templo, Jesús planta cara a los mercaderes. Y ahí, en el contraste, está la lógica del evangelio: un mesías incomprendido, un profeta que no se casa con el poder; un amor sin precio.
Ese lunes y martes son días tranquilos. En un momento se vuelve hacia sus amigos y les dice. Pasado mañana, esta Pascua, la celebraremos juntos. Quiero que sea especial. Ellos se entusiasman con la noticia. Ninguno advierte la inquietud que lleva por dentro.
Hay tantas tormentas bajo la superficie… Todos somos, algunas veces, como ese mar del que la calma aparente no deja ver las corrientes de fondo.
Estado de la cuestión: los discípulos están contentos con esa cena de pascua en el horizonte. Judas piensa acercarse mañana al Sanedrín. Jesús, esta noche, ora y pide luz en estos días complejos.
La mañana del miércoles se va entre gestiones varias. Algunos van a Jerusalén a arreglar lo de la cena. Otros, en la casa, conversan. Judas también ha ido a Jerusalén, pero a hablar con los sacerdotes. Ha decidido entregar a Jesús. Siente que están yendo en una dirección equivocada, y piensa que será lo mejor. Eterna tentación de domesticar el evangelio.
Sin embargo, el que esa entrega tenga un precio: treinta monedas de plata, le hace consciente de la enorme ambigüedad de su decisión (se dice una y otra vez que no lo está traicionando, pero… )
Empieza a anochecer. Hay conversaciones tranquilas, aroma de comidas familiares, se oyen risas de niños y música. Aunque hay motivos para preocuparse, se niega a sepultar la alegría antes de tiempo. Jesús bromea. Tiene sentido del humor, responde a las amenazas con alegría verdadera, sin victimismo, ni huida ni desaliento. Parece una noche más, y sin embargo es la última noche de la vida que todos han conocido.
De qué modo tan distinto emplearíamos el tiempo si pensáramos que no nos queda mucho. Cuántas preocupaciones perderían fuerza. Cuántos gestos pendientes se volverían urgentes, ¿cuáles los tuyos?
Jesús está sentado con María, su madre, hablando. Ella le cuenta noticias de los vecinos de Nazaret. Él le habla de los discípulos, de la vida en los caminos… Pero la verdadera conversación está en los ojos que se miran y en las manos que se encuentran
Y ahora, duerme, Jesús. ¿Quizás ya intuyes que mañana despertarás por última vez -hasta otro Despertar anhelado-? Duerme, y sueña, con el reino, con la intemperie, con los pobres… Sueña con quienes, en el futuro -que es hoy- seguiremos soñando gracias a ti.
Amanece. Y uno, desde la distancia y saber lo que viene, piensa que este es “el último” amanecer normal para Jesús. Pero quizás es mejor no saberlo. Vivir conscientes de lo incierto del camino.
Si supiéramos cuándo es la última vez que… recorreremos un lugar querido, seguiremos una rutina, conversaremos con alguien… qué oportunidad (pero también qué sensación constante de pérdida).
Pasarán el día en Jerusalén. Por la noche han quedado a cenar allí.
¿Como será esa despedida de Jesús y María? Uno quiere imaginar algo trascendente. Un último abrazo cargado de sentido. Palabras eternas. Pero quizás fuera un beso en la mejilla. Un “hasta mañana”. Un “cuídate, hijo…” Cuando se alejan, el Dulce Nombre murmura su oración de siempre: «Hágase»
La pasión empieza con una fiesta de amigos.
Una fiesta donde se habla de amistad, de una lógica diferente, y de que cada uno tenemos una misión. ¿Son o no son buenas noticias?
¿Cómo no iba a estar Pedro entusiasmado, hasta eufórico, y afirmar que nada podía apagar ese momento? Pero a menudo los buenos deseos no bastan.
Una cena como ninguna. Para compartir el pan, la paz, la palabra. Una fiesta con vocación de eternidad. Ahora.
La normalidad y lo extraordinario entrelazados en gestos sencillos pero eternos: «Tomad, comed, bebed… es por todos» Promesas, una alianza incondicional, temores, una toalla ceñida,…
De la cena al huerto se da un paso de los grandes anhelos al camino concreto. De los ideales a los pasos. De la alianza al cumplimiento.
Silencio, donde asoman todos los miedos del mundo. Silencio poblado de preguntas y amenazas. Encrucijada vital, donde se juega toda la verdad de su vida: «Que no se haga mi voluntad, sino la tuya»
Cuando los amigos, en lugar de velar como los “Armaos”, duermen, la soledad muerde más.
Tres juicios en esta hora oscura irán estrechando el cerco.
Han hablado la ley, la banalidad y el egoísmo. Triste mundo, que ensalza lo mediocre para crucificar al que AMA sin medida.
La muchedumbre, que hace unos días gritaba «hosanna» hoy ruge: ¡crucifícalo! No nos motiva ahora. Ya está pasado de moda. Hoy queremos a Barrabás.
Flagelación y espinas. Jesús Medinacelli coronado rey. Y así arranca un último camino. Hacia la cruz. Un camino que tantos peregrinos de vidas rotas recorren a diario. Y al fin marcha, cargado con un madero el nazareno que lo empotra contra el suelo. Es la omnipotencia hecha nada para salvarlo todo.
Un camino ante el que cada uno ha de tomar postura. Ser audiencia o testigo. Ayudar a cargar la cruz o repartirse tu ropa. Clavar los clavos o enjuagar las lagrimas.
Y al final, un Gólgota donde se exalta y convergen todas las decisiones.
Las opciones valientes, las decisiones egoístas, la entrega sin condiciones, las treinta monedas de plata, las deserciones, los amigos valientes… todo converge en ese abrazo final, en la agonía de la cruz.
Entonces, palabras de ese Jesús, que es perdón, porque no saben lo que hacen;
Y después, igual a nosotros en la muerte.
Crucificadas
las esperanzas
de quien se atrevió a adentrarse
en la entraña de la vida.
Los sueños de paz.
La verdad, crucificada
en nombre de lo conveniente.
Crucificado el amor
que no supimos entender.
Cruces, cruces desnudas en las veredas
de la historia, en los pozos
del desconsuelo. Cruces,
y gritos que rasgan el cielo
sin encontrar más eco
que el silencio.
No desesperemos,
pese a todo,
contra viento y marea,
contra pecado y orgullo,
contra egoísmo y cerrazón.
Dios abraza la cruz
para derribarla,
la callada no es su respuesta;
y la vida espera, pujante,
para vaciar los sepulcros
de una vez por todas.
Descendido, Cristo Yace, y lo hace en manos de su Madre. Piedad que se apiada.
Es sábado. Tiempo de reagruparse y mirarse con ojos batidos. Incertidumbre: ¿y ahora, qué? La muerte no llega solo al que la pasa. Toca también las vidas de quienes lo aman, le lloran, le añoraron, y sienten el vacío de su marcha.
Hoy es un día de silencios ensimismados.
El espanto de la víspera da paso a un dolor cansado; empieza la lucha entre la incomprensión y la rendición. Lo que no hay, en casi ninguno, es esperanza.
Nuestra Madre de la Soledad, aunque cansada y triste, está sorprendentemente serena. Mantener hoy el «hágase» es su más radical acto de confianza.
Un ruego silencioso al final de este sábado de espera. Un anhelo que encierra todos nuestros anhelos: «que el mal no tenga la última palabra».
Quizás sábado santo sea, también, rendirse. Y solo entonces empezar a entender que Él vence por todos.
Entonces, de repente, algo cambia en el mundo. Nadie lo percibe en el primer momento. Porque Dios sigue siendo discreto. Y, sin embargo, este amanecer la luz es diferente, María su Madre, mira al Alba.
La losa está removida. Como signo, como destello, como indicador mudo de que algo ha ocurrido. Una ausencia sorprendente; una presencia que lo cambia todo; un nombre dicho en voz baja: “María”, que era de Magdala, y después tantos otros nombres -hasta llegar al tuyo- pronunciado, hoy, por el mismo Dios que, en Jesús y en su Espíritu, te llama y te envía.
Y de repente la Vida, y esta vez sin esperarlo.
Luego, el fuego, la palabra, el agua y el pan partido… y vuelve la luz, que se ha hecho palabra, continúa la historia, bebemos la paz y compartimos la mesa.
El Amor ha atravesado el tiempo y se ha hecho eterno. Se ha enfrentado a la muerte y ha vencido. La justicia es inmortal.
Lo que recuperamos son los motivos para seguir buscando. No más derrota ni derrumbamiento. No más rendición. No más amargura.
Creer para ver, y no ver para creer, con el corazón desbocado por el júbilo.
¡Despierta Tarancón! ¡Despierta! ¡Que Cristo ha resucitado! Hay esperanza después de esta vida. Hay esperanza para esta vida. Ahora, en esta vida, en el encuentro con Jesús Resucitado, encontramos la vida, y una vida en abundancia.
¡Esta es la Buena Noticia! De hoy y de mañana ¡Alguien te ama! Si tu hubieras sido la única persona del universo, Jesús habría muerto por ti. Es así de personal. Así de grande es su amor. Su amor por ti es incondicional, es total, y es constante. Es el amor más grande que puedas imaginar.
No es solo un sentimiento, es algo más que palabras, implica acción. Jesús lo demostró entregando su vida por amor. El mal ha sido derrotado en la Cruz. La historia acaba bien.
A ver si nos enteramos: ¡Tú eres su obra maestra! ¡Tu valor es lo que vales para Dios! Y tu tienes un infinito valor para Dios, porque Jesús murió por ti. Así de grande es su amor. No hay nada que puedas hacer en tu vida, por lo cual, Él vaya a amarte menos ¡Nada!
Por eso, si de verdad creemos que Jesús ha resucitado, ¿qué cambia en nuestra vida? Esa es la pregunta. Si todo es lo mismo, si no hay diferencia entre que haya resucitado o no. Si reducimos la fe a un humanismo de valores y no a un humanismo de un Dios vivo que sigue con nosotros, entonces, poco cambia.
Pero si de verdad creemos que la última palabra la tiene la vida. Que la debilidad crucificada es más fuerte que todas las fortalezas de este mundo. Que el amor eterno, radical, incondicional, gratuito, generoso, desbordante, primero de Dios revelado en Jesús es un amor fecundo. Lo que cambia no serán los problemas. Lo que cambia es que uno ya no vivirá sin esperanza. Y eso, lo cambia todo.
Hermanos, conectémonos al poder de la Pascua. Conectémonos al poder de la Resurrección. Dios ha puesto a nuestro alcance, a tú alcance, el mismo poder que resucitó a Jesús hace 2000 años.
Aquél poder que hizo a Jesús resucitar (algo humanamente imposible), eso está al alcance de tu mano. Dios te lo quiere regalar. Vivir la VIDA RESUCITADA. HOY. Ese es el fruto que debemos dar tras estos días. Por eso, busquemos los bienes de allá arriba, aspiremos a los bienes del cielo y no a los de la tierra. Hermanos, ¡esto es una locura! El mismo poder que hizo volar la tumba de Jesús, romperá toda cadena que te impida vivir en libertad. Nuestro Dios es un Dios que está especializado en darle vida a las cosas muertas. A nuestro Dios le encanta convertir las crucifixiones en resurrecciones. Por eso podemos preguntarnos:
¿Qué está muerto en tu vida? ¿Hay algo que huela o ya esté podrido? ¿De qué carga o peso necesitas liberarte? ¿Qué herida en tu corazón debe ser sanada? ¿Hay alguna cosa que te gustaría cambiar, que llevas años intentándolo y no lo consigues?… Pues dáselo, entrégaselo al Señor en esta Semana de Pasión para que lo transforme y resucite.
Pues si Dios puede levantar de la muerte a una persona, Él puede levantar de la muerte un matrimonio, una familia, un trabajo, unos estudios, un sueño… ¡Te puede levantar a ti! Ese es el poder de la Resurrección del Señor. Ese es el poder del AMOR ¡Conectémonos a él! ¡Vivamos la vida resucitada! ¡Bienaventurada Semana Santa!